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Puebla, México.- Una reja impide el paso, pero en la calle se distingue una casa que tiene un patio y una puerta de madera. Al entrar a ese hogar próximo a Plaza San Pedro, lo primero que se observa es una mesa con espejos de latón pintados que se están secando: son de los de doble hoja que se abren y cierran, decorados con dibujos de calaveras, con fotos de Frida Kahlo y Diego Rivera.
Tlacuilcalli —que quiere decir casa de artistas— inició por un pasatiempo de Julio, su dueño, quien empezó a copiar mapas antiguos a mano en papel amate. Él fue de los primeros en utilizar el papel que hacen en San Pablito Pahuatlán, en la Sierra Norte de Puebla, para hacer los delicados trabajos a mano que vendía uno por uno. Esa pasión se convirtió en un negocio que desde hace más de 20 años envía productos a todo el país y Centroamérica.
—Un tiempo me quedé sin trabajo; de por sí me encantaba copiar mapas, entonces me encerraba a hacer uno por uno a mano, así a detalle. Después me iba a Guanajuato, por ejemplo, y los vendía —dice don Julio con un dejo de nostalgia en la mirada.
Su hija interrumpe y dice:
—Casi casi iba de casa en casa —ríe y suspira como la mejor cómplice del artesano.
Julio integró su pasatiempo al trabajo de varios artistas, quienes empezaron a crear otros productos, copiar algunos códices o dibujos famosos, todos de la cultura mexicana.
El dueño del taller descubrió hace décadas el papel amate en la Sierra Norte de Puebla, cuando fue de campamento con el grupo de scouts que todavía dirige los fines de semana, y empezó a comercializar productos hechos con éste.
—Nosotros fuimos los primeros en hacer las invitaciones de boda, por ejemplo, de amate. ¡Las hicimos famosas! —comenta orgulloso.
En la casa, acondicionada como taller, hay varios mapas enmarcados, reproducciones y dibujos originales que ahora se digitalizaron y se reproducen en cajas de cerillos, libretas, portavasos, calendarios y afiches.
Aunque ahora hay pocas personas trabajando, en ocasiones han llegado a tener hasta a 20. Los artesanos que hacen los amates y copian a mano y con pigmentos naturales, se contratan por temporadas y por proyectos, como para la enorme colección maya que ha ido haciendo Tlacuilcalli.
En el segundo piso, el de en medio, está la oficina que sirve a la vez de bodega para los pedidos, con estantes de metal llenos de artesanías ya empacadas y acomodadas por nombres y colecciones. Junto esta el lugar donde se pegan, cortan, ensamblan y pintan todas las cosas: hay libreros con pintura, pegamento, tijeras, lápices y brillantina; una “guillotina”, varias reglas y cajas de cartón. Al fondo está el último cuarto, donde se diseñan e imprimen los estampados e imágenes, desde las libretas hasta las cajas de cerillos.
Hasta arriba, en el cuarto más pequeño, están los restiradores para hacer los trabajos más cuidadosos. Como ahora no se está usando, hay sobre las mesas algunas cosas que no se han vendido: cajas de madera con imágenes de calaveras pintadas a mano y con vidrios de colores, además de moldes para hacer calaveras. En la pared, se encuentran dos nichos de latón que hicieron sólo por un periodo.
Julio dice que la inseguridad que vive el país ha golpeado la industria del turismo, y por consecuencia a su taller.
“Antes íbamos a Mazatlán, por ejemplo. Había un par de tiendas que nos compraban bien, ahora ya hasta cerraron”.
Su hija cuenta que en Zacatecas, donde tenían excelentes compradores, también desaparecieron las tiendas junto con la caída del turismo a lo largo del sexenio pasado.
“Dicen que no, pero la verdad es que sí pegó mucho toda la violencia. Hay muchísimos lugares, sobre todo en el norte, donde la gente vendió sus negocios y se fue, las tiendas cerraron. La verdad no sé cómo viven.”
A pesar de los tiempos difíciles, “Tlacuilcalli” ha sobrevivido y cambiando algunos productos, aunque su fuerte siempre ha sido el papel amate.