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'Robamos secretos' en el festival Ambulante Puebla

María Aranzazú Ayala 26/02/2014 14:01:19
'Robamos secretos' en el festival Ambulante Puebla'Robamos secretos' en el festival Ambulante Puebla
La historia de la filtración de documentos secretos más grande de todos los tiempos
Fotografía: Especial

Puebla, Puebla.- Desde el cielo, a través del visor, el piloto del helicóptero ve a un grupo de personas. Enemigos, subversivos: uno trae un arma. Disparan. Sigue disparando y en la grabación se escucha su tranquilidad, su diversión, como si se tratara de un juego de video. Pero el arma no era un arma, sino el gran angular de la cámara de un fotógrafo de la agencia Reuters, que junto con otro compañero fue asesinado, momentos antes que un padre que llevaba a sus hijos a la escuela, en Irak, durante la invasión estadounidense.

El video fue titulado “Collateral Murder” (asesinato colateral) y difundido por el sitio WikiLeaks, que posteriormente mostró al mundo miles de cables diplomáticos confidenciales del gobierno de Estados Unidos. Desde ahí empezó la historia de la organización, rodeada de escándalos de su polémico fundador, el hacker australiano Julian Assange, y el soldado estadounidense Bradley Manning, encargado de filtrar los cables secretos.

El cineasta Alex Gibney se acercó a los miembros fundadores de WikiLeaks y a personas involucradas a lo largo de los últimos años en la organización, tanto a favor como en contra, para realizar el documental “We Steal Secrets” (“Robamos Secretos”), presentado este martes dentro del festival Ambulante Puebla.

La historia de la filtración de documentos secretos más grande de todos los tiempos es mucho más que un grupo de hackers, o de información que afectó directamente relaciones diplomáticas de la principal potencia del mundo: los cables demuestran lo que hay detrás de los políticos y los gobiernos, la delgada línea entre diplomático y espía, los juegos de poner y quitar actores del mapa, los dobles discursos.

Y aunadas a esta conmoción mundial hay dos líneas discursivas que guían la cinta de 130 minutos de duración: la historia de Assange, héroe para unos, rockstar, despreciado por otros más, y la de Bradley Manning, un tímido joven, genio de las computadoras, que terminó como analista del Ejército estadounidense en Bagdad.

Assange, el “australiano de cabellos locos”, como lo llama Manning, fue hacker desde su juventus, acusado de más de 20 cargos criminales. Al formar WikiLeaks, el fungió como un pararrayos, donde los ataques no iban precisamente contra la organización sino contra él en particular. Y las acusaciones de abuso sexual que presentaron contra él dos mujeres suecas se muestran en la cinta como un asunto mucho más allá de una “conspiración estadounidense” para extraditarlo. Ambas mujeres fueron voluntarias de WikiLeaks en un foro organizado en Suecia, ambas lo conocían y lo admiraban, además de conocerse entre sí. Alegaban que Assange se negó a usar preservativo, y en otra ocasión rompió el condón. Lo único que querían, aseguran, era que él se hiciera una prueba de VIH para demostrar que no las había contagiado. Pero el australiano se negó a regresar a Suecia y se refugió en la embajada ecuatoriana. Poco a poco sus compañeros, el cofundador del sitio y quienes lo acompañaron cuando recibió y publicó los miles de documentos confidenciales, lo abandonaron por su creciente paranoia y sobre todo por un cambio radical de actitud, asegurando que convirtió WikiLeaks en algo totalmente distinto a su esencia, a algo contra lo que al principio luchaba, a una organización sin libertad ni transparencia.

Por otra parte está la dramática lucha de Bradley Manning, ahora llamada Chelsea, quien siempre mantuvo una lucha interna por descubrir su identidad sexual. Al ingresar al Ejército y convertirse en analista, descubrió que tenía acceso a miles de documentos clasificados. Entonces entraba a la sala de computadoras y ponía un disco, como si fuera a escuchar música. Pero lo borraba, y guardaba los cables diplomáticos en él, todo eso, dice, mientras escuchaba la canción “Telephone” de Lady Gaga.

Manning se sentía solo, aislado, en una crisis ética por adentrarse a algo que se había dado cuenta era un mundo horrible, que no le gustaba. Y decidió contactar al hacker Adrian Lamo, famoso por haber hackeado el sitio web de “The New York Times”. Le confesó que le había pasado documentos al “australiano loco de cabello blanco”, y se abrió para contarle detalles íntimos de su vida, de su pasado, de sus preocupaciones, de su identidad sexual. La única persona con la que el soldado se abrió, aunque fuera sólo cibernéticamente, fue quien lo entregó a las autoridades. En las entrevistas, Lamo parece no tener remordimientos, aunque tampoco se nota muy convencido de lo que dice. Pero cuando se ve frente a frente con la cámara del director Alex Gibney, no puede contener las lágrimas por haber revelado que fue Manning quien filtró los cables.

Hoy en día, Assange sigue recluido en la embajada ecuatoriana en Reino Unido mientras WikiLeaks continúa funcionando, ya sin la polémica tan fuerte que tuvo cuando estalló la revelación. Manning ahora se hace llamar Chelsea, y sigue en prisión, condenada a 35 años. Pero en las comunicaciones escritas que tenía con Adrian Lamo, se nota una ausencia de miedo. El soldado se preguntaba por qué hacía lo que estaba haciendo. Y su respuesta, algo dudosa, era, porque… ¿me importa?

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