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Puebla y las academias de corte y confección

Víctor Arellano 27/01/2014 03:30:40
Puebla y las academias de corte y confecciónPuebla y las academias de corte y confección
El arte de confeccionar una prenda de vestir

 

A mediados del siglo pasado abundaban en Puebla las academias de corte y confección, sobre todo las que enseñaban con el método Acme, sí, en serio, no estoy recurriendo a una vacilada de la serie “El Correcaminos”, era el método Acme. Entonces cada vez era mayor el número de mujeres que estudiaban una carrera universitaria, después de que durante la primera mitad del siglo XX pocas mujeres estudiaban una carrera universitaria, la mayoría se dedicaban a estudiar, a aprender, conocimientos que las hicieran mejores amas de casa, recuerdo que alguna mujer de mi familia comentó que antes de casarse tomó cursos de economía doméstica y bordado.

Pero regresemos al corte y confección, que consistía, como su nombre lo dice, en aprender a cortar la tela, ayudada con moldes de papel y reglas especiales y después con esos cortes confeccionar un vestido, una blusa, una falda, una camisa, un pantalón, una prenda de vestir. En algunos almacenes vendían los moldes para confeccionar prendas de vestir, en el sobre donde venía el molde, que se escogía de acuerdo a la talla de la dama en cuestión, aparecía el modelo de la prenda, entonces las damas lo compraban y se lo llevaban a su costurera de confianza o bien ellas mismas se lo confeccionaban y se libraban así de lo más engorroso y difícil del proceso: cortar el molde.

Esto de las academias de corte y confección, hay que señalar que también se daban clases particulares en casas y departamentos, impartidas por personas que sabían hacerlo y no tenían academia, nos lleva al hecho de que en muchas casas poblanas había máquinas de coser; máquinas movidas con pedales, y poco a poco llegaron las de motor. Con esas máquinas se hacían reparaciones menores, se confeccionaban prendas de vestir con más o menos complicación y, a la muerte de la dama de la familia que sabía usarla, se convertía en base para una televisión, archivero, caja de caudales o simplemente un estorbo que nadie atinaba a decidir qué hacer con ese mueble.

En aquellos tiempos de las familias ampliadas, es decir, cuando en esos antiguos departamentos de las vecindades del centro de Puebla, que eran inmensos, cabía la abuela, el abuelo, alguna tía que enviudó o nunca se casó, un pariente que vino a trabajar o a estudiar a Puebla o simplemente una hermana madre soltera que quedó desamparada; siempre había una dama que sabía zurcir calcetines, pegar botones, cambiar cierres, hacer pequeñas reparaciones, voltear cuellos, subir y bajar dobladillos y valencianas, hacer parches en los pantalones de los chamacos que jugaban en la calle y se arrastraban, lo cual obligaba a mandar a los muchachos a la mercería de la esquina a comprar cinta extrafort, bies, tira bordada, botones, hilos de todos los colores, cierres de diferentes medidas, forro para vestidos -también llamado pellón-, seguros, canutillo, lentejuelas, guipiure, agujas de diferentes tamaños, alfileres, dedales -para proteger los dedos de los piquetes de las agujas cuando se pespuntaba, zurcía, cosía o se hilvanaba-.

Broches de gancho, broches de presión, tiza para marcar la tela antes de cortarla, tijeras de diferentes tamaños y para diferentes usos, como las tijeras para corte -que eran grandes, filosas y algunas cortaban en zigzag-, hebillas para cinturón de vestidos que se forraban con la tela del vestido, igual que los botones, estambre y agujas para tejer, hilo para bordar, aros de madera para bordar, hilo crochet y sus respectivos ganchos para tejer, moldes para bordar y muchos productos más, como los huevos para zurcir calcetines, huevos que podían ser de porcelana, ónix o madera, de los de madera había unos que eran pequeños costureros que se abrían por la mitad y dentro se guardaban agujas, alfileres, botones, hilos y seguros.

El zurcido de calcetines si se hacían con poca maestría, producían molestias a los varones por las bolas de hilo que se hacían en el calcetín, bolas que en algunos casos producían molestas y dolorosas ampollas, así que zurcir calcetines tenía su chiste, no cualquier dama lo hacía bien.

También en la mayoría de las casas, junto con la máquina de coser, había uno o varios costureros, muchos de los cuales eran eso, costureros, pero también había cajas de lámina de galletas, que una vez terminadas las mismas se les daba ese fin y que contenían todo lo necesario para realizar una reparación cotidiana, como era el pegar un botón o intentar un zurcido invisible en el común corte en la ropa en forma de ele. Recuerdo que en el costurero de mi madre había siempre parches, de diferentes formas y con diferentes dibujos, que en una primera etapa se cosían sobre la rotura en las rodillas del pantalón y que posteriormente se pegaban con la plancha, parches termoplanchados. Hoy se dice de algunas damas que no saben pegar un botón ni calentar agua.

No sé cuántas academias de corte y confección quedan en Puebla y no sé si todavía hay damas a quien atrae hacer tales estudios, sobre todo ahora que sufrimos la inundación de ropa barata, mala y corriente, proveniente de China o bien las pacas de ropa usada proveniente de Estados Unidos. Con la muerte de las madres, tías y abuelas, cada vez son más las mujeres que desconocen casi todo lo concerniente a la reparación y mantenimiento de prendas de vestir, muchas damas pagan para que alguien les haga esas chambitas, además cada vez son menos las mercerías de esquina, de la calle, ahora los elementos básicos se expenden en los grandes almacenes departamentales, en el llamado súper.

Las abuelas revisaban de arriba abajo y con lupa a sus esposos antes de salir al trabajo, muchas veces les obligaban a quitarse rápidamente la camisa y en un santiamén les pegaban bien el botón o les hacían un remiendo de urgencia, bajo el argumento de que si el hombre iba al trabajo con mala presentación, no iban a hablar mal de él, sino de su mujer que no sabía ni pegar un botón, era una fodonga, una inútil. Muchos hombres hacían alarde de que sabían pegar botones, zurcir calcetines y algunos remiendos elementales, sobre todo aquellos que se dedicaban a algunos trabajos específicos, como los agentes viajeros, los militares, los seminaristas y sacerdotes, aquellos hombres que vivían y trabajaban lejos de la presencia de mujeres.

El cambio de costumbres y preparación no es privativo de damas de situación económica desahogada, también muchas damas de escasos recursos no aprendieron, y no quieren hacerlo, a pegar botones y hacer pequeñas reparaciones, no digamos cortar una tela para confeccionar una prenda de vestir, es unan práctica que se está perdiendo, producto de la modernidad, del cambio de costumbres, del cambio de formación, ya no hay cursos para chicas casaderas, las damas ahora tienen otras cualidades, otras maneras de ser y estar en el mundo. En Puebla y en China.

 Fotografías: Pablo Spencer

 

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