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Puebla, México.- La religión católica está llena de ritos y costumbres que se han extendido a prácticamente todos los ámbitos de la sociedad, independientemente de ideologías individuales. No es raro que el 12 de diciembre, por ejemplo, algunas empresas lo consideren festivo, como el caso de Volkswagen de México, que cede este día a sus trabajadores, quienes incluso pueden llevar a sus familiares para que convivan con ellos al interior de la planta, en donde se montan altares en honor a la virgen de Guadalupe y se ofician misas.
El sistema mexicano de educación establece como periodo oficial de vacaciones aquellos días que corresponden a la Semana Santa, por citar otro ejemplo.
De modo que algunas tradiciones relacionadas con la fe católica se replican en escuelas, oficinas y los hogares sin mayor problema, como el Día de Reyes, la partida de rosca y, desde luego, el Día de la Candelaria.
La costumbre indica que cada 2 de febrero, día que la Iglesia católica nombra como “La purificación de María”, aquellas personas que “sacaron el niño” en la rosca del 6 de enero, ofrezcan una fiesta en la que los protagonistas son los tamales y el atole.
Hijos del maíz
Roberto Morales es un hombre de 58 de edad. Hace 15 años enviudó y de pronto se encontró ante la responsabilidad de criar él solo a cuatro hijos, tres mujeres y un varón. Apenas 5 años después fue despedido de la ferretería en donde laboraba, cuando su patrón decidió traspasarla y el nuevo dueño ya no lo contrató. Ante ese panorama decidió dedicarse a la actividad que su difunta esposa realizaba para ayudarlo con los gastos de la casa: la elaboración de tamales.
Sus dos hijas mayores, Sara y Sofía, que auxiliaban a su madre en la cocina durante la preparación de los tamales, pusieron en práctica su experiencia y pronto le enseñaron a Roberto para que también se involucrara en la elaboración de este alimento.
“Al principio fue difícil. Yo apenas estaba recuperándome de lo de mi señora y luego me quedé sin chamba. Cuando llegué a la casa, lo primero que vi al fondo de la cocina fueron el anafre y la vaporera que ella usaba para cocer los tamales. Ella sólo vendía los domingos, lo comenté con mis hijas y ellas me animaron.”
Roberto vende tamales todos los días. Consiguió un permiso para vender cerca de un centro escolar, donde además pasa una buena cantidad de oficinistas y obreros que casi siempre le hacen el gasto. Los fines de semana traslada el puesto a las afueras de una iglesia en donde las ventas son seguras. Toda la familia está involucrada en el negocio, incluso una de las hijas que ya contrajo matrimonio piensa comenzar su propio negocio.
Gracias a que las chicas heredaron la sazón de su madre, sus tamales se han colocado con facilidad en el mercado, por lo que en estas fechas reciben pedidos especiales para surtir lo mismo a familias, oficinistas o escolares.
“Ya desde hace como tres años tenemos que contratar a gente para que nos ayuden con los pedidos. No es por mucho tiempo, dos o tres días, máximo una semana. Nos piden entre 50 y 100. Por ejemplo, como este año cae sábado, pues La Candelaria se prolonga hasta el martes porque el lunes es feriado. Para ese día tenemos algunas entregas, pero luego de eso, ya no más. El mero día vamos a surtir como a nueve familias y el domingo, afuera de la iglesia, esperamos ventas al doble de lo normal.”
Además de ésta fecha su negocio no tiene alguna otra temporada específica de mayores ventas, aunque ha llegado a recibir pedidos importantes para entregar el 10 de Mayo o durante diciembre, para alguna posada o convivio.
Roberto no se queja, ataviado con un mandil azul y agotado después de batir la masa para incorporar los ingredientes, asegura que prefiere seguir apostando a lo seguro y descarta la elaboración de tamales diferentes a los tradicionales, pues considera que el éxito de su producto radica en que se elabora en base a una receta muy tradicional.
“Yo no quiero hacer nada de eso de rellenos exóticos, con camarón, huitlacoche, con guisados distintos o cosas muy elaboradas, porque eso implica más costo y la gente no lo va a pagar; al menos no mi gente, porque yo vendo a oficinistas a estudiantes que resuelven su desayuno con 16 pesos, con atole incluido que también nos sale muy bueno.”
Roberto se mantiene optimista, pues si bien fechas como el 2 de febrero le permiten tener mayores ingresos, en realidad su futuro no le preocupa, pues considera que siempre habrá mercado para un buen tamalero.
“Cualquier día es bueno para desayunar una torta de tamal, no tiene que ser en La Candelaria. Siempre hay alguien que salió sin comer o por simple antojo. Todo lo que es de comida, si está buena, siempre será un negocio bien socorrido. Es como dicen, los mexicanos somos ‘hijos del maíz’ y bueno, en mi caso más, porque de eso como, de eso comen mis hijos y ahora hasta mis nietos, y aunque es algo pesado yo todavía tengo mucha pila y seguiré en esto muchos años más"
Tunéame al niño dios
Según la religión católica, el 2 de febrero coincide con los 40 días después del nacimiento de Jesús, por lo que se debe cumplir con la tradición de la presentación de “niños” en el templo.
De ahí que la “tamaliza” es el acto que enmarca la entrega del Niño Dios por parte del “padrino” -elegido con anticipación- que acompaña a los dueños de las figuras al templo, como si se tratara de la ceremonia de bautizo de un bebé real.
Para ello se acostumbra vestir al Niño Dios con diversos atuendos, que pueden ir desde un ropón de estambre hasta otros más singulares.
Refugio Mancilla, vecina del bario de Analco en esta ciudad capital, tiene 40 años en el oficio de vestir Niños Dios. Al principio sólo los arreglaba en cuanto a ropa y accesorios, pero con el tiempo fue a prendiendo a restaurarlos, pues hay imágenes que son muy antiguas y que cuentan con un afecto especial por parte de la familia, de modo que es impensable reemplazarlas.
“Pues cuando ya tenemos a la figura acá, se le trata como un bebé real. Si tiene un dedito roto, o le falta pintura, o hay que reparar el ojo, ponerle pestañas, pues eso se hace; si no, entonces se limpia con cuidado, como si se bañara y ya, se empieza a arreglar. Hay imágenes muy queridas por la gente, a veces son heredadas; yo he recibido hasta de madera o de otros materiales raros y hay que ser muy cuidadoso"
Doña Refugio dice que los atuendos más solicitados son el del Señor de las Maravillas, que se distingue por la corona de espinas; el Niño Doctor de Tepeaca con maletín y estetoscopio incluido; así como l del Santo Niño de Atocha, que también tiene bastantes seguidores. Este atuendo incluye calzoncito, vestido aterciopelado en color azul, pechera, un huaje, una ramita de trigo que representa abundancia, una conchita de mar en la mano y su sombrero. Y dependiendo del tamaño de la imagen puede llegar a costar hasta 500 pesos.
La imaginación de los creyentes no conoce límites, por lo que los atuendos son innumerables: el Niño del Rosario, el Ángel Abel, el Rey de Reyes, el de la Caridad, el Ángel Rafael, el Niño de los Sueños, el que Mueve Corazones, el de la Abundancia, el Niño de las Palomitas, el Niño de la Paz, el Niño Platero o el Santo Ángel de la Guarda.
Sobre la mesa de trabajo de doña Refugio hay cualquier variedad de accesorios y ropa: calzones, fondos, camisetas, huaraches, zapatos de estambre y de vinil, chalecos, camisitas, ropones, mamelucos, gorros, túnicas, capas, espigas, coronas, flores, palomas, perros y borreguitos de plástico; pequeños globos terráqueos, maletines médicos y diminutas réplicas de estetoscopios; corazones en llamas, cordones dorados, prendas de encaje, adornos de terciopelo y hasta penachos. Casi al final de la mesa, en una bolsa transparente, se distinguen pequeños uniformes de la selección mexicana de futbol, acompañados con sus respectivos balones.
Y aunque en años recientes la Iglesia católica ha hecho un llamado a los feligreses para que eviten atuendos extravagantes para sus imágenes, lo cierto es que mucha gente pasa por alto esta recomendación.
“Pues el padre ya no quiere que se vistan de otras cosas, pero la gente dice: es mi niño y yo lo visto como yo quiera. Se visten por ejemplo de santos: san Judas o san Francisco de Asís, según la devoción de la gente o su necesidad. Hay otros que como futbolistas.
”Un señor vino hace un año y trajo joyas reales para su imagen: una cadenita, unas pulseras y hasta la coronita, y yo se las puse. Quiso un ropón blanco y una capa roja. A veces yo les recomiendo, pero al final lo que uno quiere también, es ganarse algo de dinero, ¿no?", pregunta doña Refugio como para disculparse.
La señora Mancilla dice que pese a estas extravagancias la tradición va en declive, pues su clientela se reduce día con día, y la mayor parte de la gente que requiere sus servicios son personas de la tercera edad, por lo que a veces no puede cobrar lo que quisiera pues se entiende que a veces no cuentan con recursos propios o abundantes, de modo que hay que adaptarse a sus posibilidades.
Según la tradición, el “padrino” asume el compromiso de vestir al Niño Dios durante tres años seguidos, en el primero la vestimenta debe ser de color blanco, el segundo, de rosa, azul o amarillo, y el tercer año de ropón blanco con capa roja.