El viaje inicia en la ciudad de Puebla. Nos desplazamos solo dos horas para llegar a un nuevo pueblo mágico: Zacatlán de las Manzanas. Entre neblina y olor a pan, aparece “Casa Kitsch”, nuestro hotel, el cual es relativamente nuevo. Para llegar hasta él ingresamos por un camino de terracería entre manzanos, pinos y el verde que nos advierte de la abundante naturaleza que existe en la región.
Llegamos. Gita, Coco y Cash, los tres perros guardianes de la Casa Kitsch salen a recibirnos. El ladrido amistoso, seguido de un saludo de la propietaria del lugar, Paty Carrol, nos hace confiar en que nuestra estadía será espectacular. Cálida.
Bajamos las maletas y las rodamos hasta nuestra habitación. Nadie imagina el confort que se siente en ese instante único de abrir la puerta y conocer nuestras habitaciones. ¡Sorpresa! El cuarto amplio está perfectamente decorado con tonos negros, rojos y blancos.
La cama de dimensiones adecuadas, amplias, invita al descanso. El baño que Paty Carrol ha decorado con gran imaginación nos da una idea de su esmero por hacer de nuestro descanso un momento de grandes recuerdos, hasta con el último detalle.
Dejamos el equipaje y nos disponemos a descender del segundo piso del hotel para conocer el resto de la Casa Kitsch. En realidad no es un hotel; es una casa. Al menos, así lo sentimos al momento de encontrarnos con una biblioteca pequeña, pero con un gusto selecto de autores.
Tomo un libro y salgo a la sala de la Casa. Es tan amplia como cálida. A un costado hay una chimenea que aguarda el momento exacto de disfrutarla. Con una lectura o un café. Con una buena charla o simplemente una siesta a media tarde.
Seguimos de frente y junto a la sala se distingue la mesa puesta, invitándonos a ordenar uno a uno de los manjares que con cautela preparan señoras de la comunidad de Ayotla. La comida no es cosa sencilla. Han colocado cubiertos, copas, vasos, manteles con encajes y una flor silvestre al centro para acompañar el momento.
Un buen trozo de carne con coles de Bruselas y zanahorias al vapor nos aguardan. No sin antes degustar una crema de frijol con quesos orgánicos que producen en la región. Y sin menospreciar la comida salada, debemos reconocer que el postre nos cautiva: macetitas de tres chocolates con menta.
El comedor nos aguarda y el bar con su sala de juegos anhelan nuestra presencia en la noche para un buen partido de cartas al calor de una botella de vino de la región. Puede ser también una cerveza fría, un tequila, ron o whisky. Casa Kitsch lo tiene todo.
Es momento de salir de la Casa. ¡Gran sorpresa!, nos encontramos con la maravilla de la naturaleza. Desperdigadas al fondo se ven las montañas apacibles, tranquilas, verdes e indomables.
Nuestra anfitriona nos ofrece una taza de café, de los mejores granos que manos indígenas de la Sierra Norte han cultivado con paciencia. La textura es suave y el olor penetrante. Mirar el bosque, la neblina que se asoma y el aroma del café nos relaja y nos hace sentir propios del lugar.
Bebemos café, charlamos y reímos un rato. Ya no hablamos del trabajo, ni de la oficina. La ciudad se ha ido.
A continuación nos invitan a visitar la fábrica de quesos. El recorrido es corto. Si lo andamos a pie tardaremos unos 15 minutos. Llegar hasta ahí es tema de otro relato. El paseo se da entre cerezos, ciruelas, manzanas, peras, moras azules y cuanta fruta se dé en esta tierra prodigiosa.
Llegamos a la quesería. Nos recibe Alejandro, propietario y principal elaborador de quesos y derivados en la región. Nos explica sobre las variedades, sus técnicas y el gran cuidado que prestan a su elaboración.
Nos dicen que el ganado se alimenta del forraje que ellos mismos producen con el cuidado de aislarlos de cualquier químico. Todo es orgánico.
Y ahora sí: nos ofrece una pequeña degustación de quesos por si queremos llevar alguno. Si no, para el final del recorrido Alejandro ya nos ha entregado nuestro respectivo queso de recuerdo: un provolone digno de digerir con la botella de vino más preciada.
Volvemos a casa, a la gran Casa Kitsch. El atardecer nos invita a esperar en silencio a que la neblina descienda y nos envuelva en diminutas gotas de agua.
Mañana, quizá me inspire a usar el gimnasio al aire libre. A lo mejor hace frío y pido un chocolate para el desayuno con un pan de queso caliente. Tal vez me envuelva en una frazada y vea una película en la pantalla de una de las estancias. O tal vez, y solo tal vez, contemple lo maravilloso que es “Zacatlán de las manzanas”.
Y es que debo decir que conocer Casa Kitsch es la magia de disfrutar, conocer, viajar, todo desde una ventana.
Casa Kitsch: www.casakitsch.com