Víctor Roberto Carrancá
Columna: Sizigias y cuadraturas lunares
Ganador del primer lugar en el Cuarto Concurso de Cuento sobre Alebrijes (Museo de Arte Popular, INBA), del Segundo Concurso de Cuento sobre el Centro Histórico de la Ciudad de México (Ed. Ficticia), entre otros reconocimientos en Argentina y España.
Casualmente, dos de las primeras historias que podrían considerarse precursoras de la “ciencia ficción mexicana”, estipulan que el medio de transporte en el futuro sería a través de globos aerostáticos.
El primero, un texto de Fósforos Cerillos publicado en 1844, se titula “México en el año 1970”. Le sigue un supuesto artículo del Gacetín de Mérida, escrito en 1849 por Gerónimo del Castillo Lenard, ficcionalmente fechado en enero 30 de 1949.
Hoy, a tantos años de publicados, podemos afirmarlo: nunca volaremos en globos aerostáticos. La imposibilidad de este supuesto deriva, más bien, de un ineludible complejo de inferioridad. En México, las cosas se miran desde abajo.
La premisa ficcional del viaje en globo es, sin duda, presunción literaria:
Si usted mira hacia el cielo aparecerá, sobre su cabeza, el Barón Münchhausen. Si no es la figura, al menos podrá distinguir el síndrome (La epidemia ya pulula en todas partes). Fingir dolencias y malestares para captar la atención –y lástima- de nuestro público. El mundo es un teatro y tras su enorme telón, hay un cielo hipocondriaco.
Las cinco semanas que transcurrieron en el Victoria de Julio Verne, permitieron al Dr. Fergusson entender, desde su perspectiva industrial, la noción del tercer mundo. Propiamente, el mundo del subsuelo.
Cierto, nunca volaremos en globos aerostáticos. Pero la ficción revierte su prisión gravitacional con el concepto de utopía. Transformándose después, en lo que llamamos distopías.
Ni siquiera el sueño puede vivirse con complacencia.
Volar alto implica una mayor caída.
Cierto. Nunca volaremos en globos aerostáticos.
Dejemos la ilusión en la mente de los grandes=europeos novelistas.
