Enrique Montero Ponce
Columna: Infierno Grande
Don Enrique, como lo conocen los poblanos, también recibió el Premio Nacional de Periodismo en radiodifusión por su labor en XEHR, en 1980, y el Premio Editorial otorgado por la Universidad de las Américas Puebla en 1981.
Vuelvo a leer a Carlos Fuentes y leo lo que escriben de él quienes fueron sus amigos y compañeros de letras. Lo mismo Mario Vargas Llosa que Enrique Krauze, Juan Goytisolo, que apunta: Carlos Fuentes ha muerto en la plenitud de sus dones. Los diarios se disputan la mejor información, lo mismo en México, Argentina, España. El New York Times le dedica primera plana. Carlos va de mano en mano y de cariño en cariño. La admiración es el manto que cobija el ataúd donde descansa el hombre que se negaba al retiro y reclamaba la eterna juventud.
Murió como los grandes. Sin el anuncio previo de las enfermedades miserables que se recrean en las agonías largas. Al llegar a los 80 años uno sabe que paso a paso se acerca uno a la muerte, pero no la espera, ni le teme, porque llega cuando le da la gana.
El ser humano suele acreditarle todo a Dios. -Él da la orden del nacimiento y Él marca el final de la vida. Por supuesto que no lo creo. Yo le pido calidad de vida, como la tuvieron periodistas y escritores a quienes admire. Mi destino será tan bueno o tan malo como mi comportamiento.
Carlos Fuentes rechazaba el retiro y en su mente no rondaba la muerte. Viajero incansable, escritor prolífico, amigo de sus amigos, gozaba la conversación. Crítico implacable, de izquierda, no soportaba la mediocridad política y una y otra vez manifestó su disgusto y levantó su protesta por la baja calidad de la política mexicana.
Enamorado de mujeres bellas, impecable en sus trajes, camisas y corbatas, un dandy de película, vivió sus romances con la intensidad y sensibilidad de un hombre que escribió novelas porque sabía, entendía, la excitante aventura diaria de vivir.
Está en paz un hombre que la merece.