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Daniel Sada
22/11/11
Javier CaravantesColumna: El despegue Cursó el diplomado en creación literaria en la Sogem del DF. Es colaborador habitual de la revista literaria “Crítica”, también se encarga de editar su versión digital www.revistacritica.com Vi a Daniel Sada sólo dos veces pero algunas de sus recomendaciones han llegado hasta mis oídos. Al final del 2009 terminábamos un magnífico curso de narrativa mexicana impartido por Eduardo Parra Ramírez, las dos última lecturas fueron “Registro de causante”, que yo ya había leído, y “Porque parece mentira la verdad nunca se sabe”. Eduardo consiguió que Daniel Sada fuera hasta nuestro salón para cerrar el curso y platicar con nosotros de su obra. Al maestro le costó mucho trabajo subir unos escalones hasta el estrado. Una compañera le preguntó algo sobre su “prosa poética”, la cosa fue mala, Daniel Sada se molestó y explicó que a él le interesaba contar historias, no rizar el rizo. Yo tenía varias preguntas, ahora recuerdo que quería que nos hablara sobre la forma en la que utiliza los signos de puntuación pero ya no me atreví a preguntar nada.
En los siguientes meses me fui haciendo cada vez más amigo de Jaime Mesa, durante varios años Jaime había asistido a un taller literario que Daniel Sada impartió en Puebla y donde también se escribieron novelas de Isaí Moreno Y Eduardo Montagner. Jaime siempre que me da alguna recomendación lo hace rescatando las palabras de su maestro. Días antes de la copa del mundo de Sudáfrica, Jaime tenía que llevar unos documentos para que Daniel Sada los firmara pero a Jaime ya no le daba tiempo, se iba al mundial de futbol. Yo estaba de fin de semana en Puebla y me ofrecí para llevarle los documentos hasta el departamento de Daniel Sada en la Condesa. La señora que les ayudaba con la limpieza me abrió la puerta y me acompañó hasta la sala del departamento. Yo estaba muy nervioso. Me puse aún más cuando escuché carraspear y unos pasos que se arrastraban lento. Daniel Sada apareció y su aspecto físico parecía mucho más endeble que la última vez que lo había visto. Se sentó en la mesa del comedor y me presenté. Él muy amable me dijo que ya me estaba esperando. Yo le acerqué los papeles y los firmó. Una firma larga y linda, de otro tiempo, parecida a la de mi abuela. Me preguntó si yo escribía, le respondí que sí pero de inmediato hice el amago de levantarme de la silla. Cuando estoy demasiado nervios tartamudeo y me es imposible mantener una conversación. En una entrevista había leído que Sada escribía por las mañanas, yo imaginaba que había interrumpido algún párrafo: me parecía grosero seguirle quitando el tiempo. Daniel Sada me invitó un café que rechace de inmediato. En mi recuerdo él está sonriente, con ganas de escucharme. Mi timidez no dio tregua y me levanté de la mesa. Estreché una mano con uñas manchadas de tinta y, creo, de sangre. De nuevo la señora de la limpieza me acompañó hasta la calle. Durante el camión de regreso a mi cuarto de Coyoacán gasté el tiempo formulando preguntas que ya no me responderá. Me hubiera encantado ver su estudio. Sé que sus recomendaciones para escribir seguirán conmigo, Jaime Mesa me las dice. |
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