El escritor peruano Mario Vargas Llosa nos dice en su libro de ensayos La verdad de las mentiras, publicado por Alfaguara en 2003, que William Faulkner escribió la primera versión de su novela Santuario, en tres semanas, “en 1929, inmediatamente después de El sonido y la furia”. Era el inicio de la Gran Depresión; Faulkner se acababa de casar y hasta ese momento se había dedicado a escribir “por placer”, según sus propias palabras. El futuro Premio Nobel se impuso un trabajo al estilo de los mejores (y peores) bestselleristas de nuestros tiempos: escribir una historia que moviera a la crítica pero también al consumidor de obras fáciles y estridentes. Necesitaba un libro “ruidoso”. Abrumador. Que armara un escándalo, pues, para vender hartos ejemplares. Y lo consiguió. Tan terrible resultó que su editor se negó a publicar la novela con el argumento de que ambos, el escritor y él, acabarían con sus huesos en la cárcel. El mismo Faulkner abominó de la obra al punto de convertirla en el único de sus libros que no dio a leer a su madre. Según el mismo Vargas Llosa, tiempo después de que saliera a la luz Mientras agonizo, Faulkner recibió de su editor las pruebas de imprenta de Santuario. Al releer la historia, el escritor hizo correcciones, matizó el lenguaje pero mantuvo el argumento casi en su integridad. De hecho, los pocos cambios argumentales trajeron una mayor complejidad moral y formal a la historia. La “naturaleza del mal” presente en todos y cada uno de los personajes de Santuario, aún los más estúpidos e ignorantes, ingenuos, bellos, viejos o impedidos, deviene un personaje en sí misma. Un reino de sombras que invade cada rincón de la conciencia y la conducta de seres dominados por sus impulsos más oscuros. “La tragedia clásica incluida dentro de la trama policiaca”, han dicho a lo largo de más de 70 años críticos varios. Santuario sigue conmoviéndonos, a pesar de que la exposición a las peores formas de la violencia entre los seres humanos se halle ahora al alcance de casi cualquiera con acceso a un televisor y a su control. Ya no resulta tan sencillo hacernos estremecer con una historia de violaciones, racismo, piromanía, linchamientos y delincuencia organizada. Personajes como Popeye, un impotente sexual que viola con una mazorca a una adolescente de 17 años, caprichosa hija de un juez, para colocarla en un burdel y dominarla según sus antojos (ahora le llamamos filias), han sido superados por los habitantes de la nueva novela negra, con su carga de perversos de todos los calibres. Sin embargo, los personajes de Faulkner siguen ofreciéndonos eso que algunos denominan “duende”, “hechizo”, una atracción fatal que nos hace ver nuestra propia imagen en las volutas del cigarro colgado del labio inferior del contrabandista Popeye, o en el destino torcido de Temple, la hija del juez, con su inequívoca vocación para el mal.
II
Lo que a mí me pareció más interesante no es el breve tiempo en que Faulkner escribió una novela considerada una de las obras maestras de la literatura del siglo XX, sino aquello que movió al escritor norteamericano a crearla: necesitaba dinero y el empleo escaseaba, así que la opción era vender novelas. La envidiable velocidad de su escritura no se compara en su precisión con la sórdida, pesimista agudeza del creador de Luz de agosto respecto de la naturaleza de sus congéneres. La necesidad de un pago importante lo orilló a abrir las esclusas del infierno, ese lugar situado en pleno corazón humano.
Luego de releer Santuario me resulta difícil aceptar tantas y tan osadas loas que ciertas reseñas y artículos de crítica literaria dedican a obras hispanoamericanas de reciente aparición. Esperaré a ver la lista de los mejores libros de 2012. Mientras, buscaré leer El mapa y el territorio, libro de Michael Houellebecq, Premio Goncourt, y no porque me encante leer libros elegidos por intereses cuestionables, sino porque este escritor francés considerado misógino y execrable se siente sometido a una necesidad creadora, la fuerza que mueve los goznes más oxidados, aquellos que guardan los secretos del arte literario: la vocación por el infierno. A casi un siglo de distancia, Houellebecq es heredero vergonzante de Faulkner y sus fábulas atroces. Literatura en su más pura expresión.